Sal y ¡disfruta!

Mi cuerpo se balanceaba sobre la rígida silla, mis manos transpiraban y mi mente no podía dejar de recordarme lo transcendental del momento. En el aula muchos otros esperaban su turno, un interprete tocaba una melodía de Bach, compleja en forma y de matemática ejecución, en el jurado tres catedráticos escuchaban atentamente y anotaban en sus cuadernos cada pequeña imprecisión, la cara del músico esgrimía una mueca de angustia, y yo esperaba mi turno como el condenado espera el momento de su dramático final.

Me lo había repetido a mi mismo una y otra vez: “sal y disfruta, sal y diviértete, siente la música y no te preocupes de nada más”. Subí al escenario y no fui capaz. Sonaron notas si, posiblemente hasta música, en realidad desconozco si los primeros acordes fueron bien recibidos por el jurado o no, pero mi tensión interna me obligó a parar, pedir perdón y abandonar la sala.

Sal y disfruta, es lo único que tienes que hacer. Sigue siendo mi gran asignatura pendiente.

Salud mental

Este verano he desconectado bastante, del trabajo, de las noticias, de internet y de las preocupaciones en general. La consecuencia ha sido un gratificante bienestar.

Todos necesitamos desconectar, las vacaciones son obligatorias para cualquiera que quiera tener un mínimo de calidad de vida. Me pregunto si seré capaz de desconectar más en el día a día, no solo en vacaciones. Tengo la tendencia a preocuparme por mis insignificantes “problemas” pero más allá de los míos, si veo una final de fútbol sufro como si me fuera algo en ello, si veo un debate en televisión lo vivo como algo personal, si leo en Internet algo que me interesa sigo investigando y a veces se convierte en una búsqueda obsesiva que me obliga a acostarme tarde. Subyace aquí un problema de fondo, la implicación emocional e intelectual con demasiados frentes y la lógica consecuencia: agotamiento.

Así pues, me he diseñado una terapia de salud mental a la que he bautizado como: “Terapia del apagado” con ella pretendo preocuparme menos por mis insignificantes “problemas”, voy a encender menos la televisión, voy a investigar menos por Internet, voy a meditar más y a disfrutar más de momentos sencillos. Así espero no complicarme, tener más vitalidad y conseguir muchos momentos vibrantes.

No me gusta ser yo

La idea ha aparecido sin más, durante la meditación: no me gusta estar conmigo. Me cuesta disfrutar de mi mismo sin más. ¿Será que no me gusta ser yo?

En realidad disfruto de la soledad, siempre y cuando tenga algo por hacer: asistir a un espectáculo, ver una película, escribir, leer, incluso solamente pensar sobre algo. Pero estar sin hacer nada, disfrutar de mi única compañía en silencio, me cuesta. ¿A ti no te ocurre? ¿Será que nuestra mera compañía no es lo suficientemente interesante como para disfrutar de ella?

Siempre deseando un yo mejor para el futuro, gestando nuevos proyectos más ambiciosos que los anteriores, más sabiduría y más bienestar, todo para el mañana.

No creo que sea un error marcarse metas para el futuro, querer desarrollar nuevos hábitos y aptitudes da algo con lo que trabajar, pero creo que es muy necesario comprender lo que somos ahora, aceptarlo y disfrutarlo.

En negativo

Al parecer decir las cosas en negativo no está muy bien visto. Como si decir NO a algo fuera síntoma de pesimistas, la negatividad no es tan diferente de la positividad. Cuando interpretamos la realidad de manera dual tendemos a hacer dos bandos: los buenos y los malos, y así se justifican todas las guerras.

Pero no siempre que se dice NO a algo se está polarizando la realidad, puede ser que simplemente no te interese algo, lo que no quiere decir que sea malo o que niegues su existencia.

Podemos posicionarnos con nuestras creencias, siempre y cuando nos sean útiles para algo y aceptemos que no son verdades absolutas.

No necesito casi nada, no creo en dios, no quiero compromisos, no tengo que explicarme una historia épica sobre mi propia vida, no somos nadie, no me dejo esclavizar por mis ideas,…