Sal y ¡disfruta!

Mi cuerpo se balanceaba sobre la rígida silla, mis manos transpiraban y mi mente no podía dejar de recordarme lo transcendental del momento. En el aula muchos otros esperaban su turno, un interprete tocaba una melodía de Bach, compleja en forma y de matemática ejecución, en el jurado tres catedráticos escuchaban atentamente y anotaban en sus cuadernos cada pequeña imprecisión, la cara del músico esgrimía una mueca de angustia, y yo esperaba mi turno como el condenado espera el momento de su dramático final.

Me lo había repetido a mi mismo una y otra vez: “sal y disfruta, sal y diviértete, siente la música y no te preocupes de nada más”. Subí al escenario y no fui capaz. Sonaron notas si, posiblemente hasta música, en realidad desconozco si los primeros acordes fueron bien recibidos por el jurado o no, pero mi tensión interna me obligó a parar, pedir perdón y abandonar la sala.

Sal y disfruta, es lo único que tienes que hacer. Sigue siendo mi gran asignatura pendiente.

Anarquía relacional

Una relación con cualquier persona puede ser intensa, sean cuales sean los compromisos adquiridos con esa persona y sea cual sea la duración de dicha relación. No obstante solemos hacer una jerarquía relacional, de mayor a menor importancia, parecida a: hijos, familia bien avenida, pareja, buenos amigos, amigos, familia mal avenida, colegas y desconocidos.

¿Por qué ordenarlas en una escala de importancia, si a veces un encuentro fortuito con un desconocido puede generar cambios de relevancia en nuestras vidas equiparables a los que puede provocar cualquier persona con otro “rango relacional”? ¿No limita esta categorización las posibilidades de un vínculo particular?

Es por eso que soy partidario de la anarquía relacional, creo que para vivir intensamente las relaciones no nos es favorable pensar en que esas relaciones tienen límites por definición.

El conflicto cultural surge cuando tienes más relación con un amigo que con un familiar directo y pasas más tiempo con él que con, por ejemplo, tu madre a la que apenas visitas. O cuando planteas la posibilidad de tener varias relaciones “sexo-afectivas”, se te reprochará que no valoras suficiente a tu pareja, o que no la amas suficiente, pero… ¿a caso nadie se ha dado cuenta de que tenemos muchas dificultades asociadas a la obligación cultural de vivir años y años con la misma pareja sexual?

Por qué no evolucionar hacia relaciones más libres y abiertas, en el sentido de “con posibilidades no predefinidas” y disfrutar de cada una de ellas, transmitiendo con sinceridad a la otra persona a qué (y a qué no) nos comprometemos en cada momento evolutivo de la relación.

Seguramente la dificultad esté en lograr ser felices sin la necesidad egoísta del “yo soy el más importante para ti, ¿verdad? dímelo que necesito oírlo”.

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Resistencia al cambio

El otro día en una charla sobre economía solidaría se hacía referencia a que los cambios sociales de fondo son lentos, aunque queramos acelerarlos simplemente no es posible, necesitan su tiempo.

Eso me hizo pensar en que efectivamente hay muchas cosas que necesitan su tiempo, por ejemplo pasar de la infancia a la madurez, no se puede forzar el ritmo natural del desarrollo del cuerpo, tampoco podemos hacer que los días pasen más rápido, que el invierno dure menos que el verano, ni podemos pretender que alguien cambie de idea de un día para otro si tiene una opinión muy bien formada sobre algo.

Y sin embargo nos esforzamos por intentar que todo ocurra según el dictado de nuestros intereses, intentamos que nuestros deseos se hagan realidad sin preguntarnos si hay otras fuerzas que impiden que eso sea posible, en demasiadas ocasiones nos enzarzamos en una lucha perdida por conseguir que la realidad sea distinta a como realmente es y, sintiéndolo mucho, no tenemos tanto poder.

La perspectiva vital cambia y se hace más disfrutable si abordamos la vida como algo que tiene sus propias inercias y nos situamos en una posición de aceptación de las mismas. Podemos trabajar alegre y sosegadamente por cambiar la trayectoria de determinados acontecimientos pero no deberíamos insistir en que las cosas sean el resultado de nuestros deseos, provoca sufrimiento innecesario.

Salud mental

Este verano he desconectado bastante, del trabajo, de las noticias, de internet y de las preocupaciones en general. La consecuencia ha sido un gratificante bienestar.

Todos necesitamos desconectar, las vacaciones son obligatorias para cualquiera que quiera tener un mínimo de calidad de vida. Me pregunto si seré capaz de desconectar más en el día a día, no solo en vacaciones. Tengo la tendencia a preocuparme por mis insignificantes “problemas” pero más allá de los míos, si veo una final de fútbol sufro como si me fuera algo en ello, si veo un debate en televisión lo vivo como algo personal, si leo en Internet algo que me interesa sigo investigando y a veces se convierte en una búsqueda obsesiva que me obliga a acostarme tarde. Subyace aquí un problema de fondo, la implicación emocional e intelectual con demasiados frentes y la lógica consecuencia: agotamiento.

Así pues, me he diseñado una terapia de salud mental a la que he bautizado como: “Terapia del apagado” con ella pretendo preocuparme menos por mis insignificantes “problemas”, voy a encender menos la televisión, voy a investigar menos por Internet, voy a meditar más y a disfrutar más de momentos sencillos. Así espero no complicarme, tener más vitalidad y conseguir muchos momentos vibrantes.

No me gusta ser yo

La idea ha aparecido sin más, durante la meditación: no me gusta estar conmigo. Me cuesta disfrutar de mi mismo sin más. ¿Será que no me gusta ser yo?

En realidad disfruto de la soledad, siempre y cuando tenga algo por hacer: asistir a un espectáculo, ver una película, escribir, leer, incluso solamente pensar sobre algo. Pero estar sin hacer nada, disfrutar de mi única compañía en silencio, me cuesta. ¿A ti no te ocurre? ¿Será que nuestra mera compañía no es lo suficientemente interesante como para disfrutar de ella?

Siempre deseando un yo mejor para el futuro, gestando nuevos proyectos más ambiciosos que los anteriores, más sabiduría y más bienestar, todo para el mañana.

No creo que sea un error marcarse metas para el futuro, querer desarrollar nuevos hábitos y aptitudes da algo con lo que trabajar, pero creo que es muy necesario comprender lo que somos ahora, aceptarlo y disfrutarlo.