Ser, hacer y tener

El otro día una buena amiga y coach me preguntaba:
— ¿Qué eres Sergi?
— Pues… soy una persona que intenta mejorar el mundo haciendo esto y aquello otro y lo de más allá…
— Eso no es lo que eres, eso es lo que haces

Me has pillado… ¿qué soy? no lo sé exactamente. Desde pequeño me enseñaron a producir (hacer) y a consumir (tener) pero en la escuela no invertíamos demasiado tiempo en aprender a SER. Si olvidamos cultivar nuestro ser estamos condenados a definir lo que somos únicamente a través de nuestras acciones o a través nuestras posesiones, con todo el sufrimiento que ello conlleva.

¿Cómo saber lo que uno es? Dejando espacio para que nuestro ser se exprese.

El modo de ser tiene como requisitos previos la independencia, la libertad y la presencia de la razón crítica. Su característica fundamental es estar activo, y no en el sentido de una actividad exterior, de estar ocupado, sino de una actividad interior, el uso productivo de nuestras facultades, el talento, y la riqueza de los dones que tienen todos los seres humanos. Esto significa renovarse, crecer, fluir, amar, trascender la prisión del ego aislado, estar activamente interesado, dar.

— Erich Fromm

Vienen al caso estas sabias palabras de Jose Luís Sampedro:

Con su magnifico final: Ser lo que uno es.

Sal y ¡disfruta!

Mi cuerpo se balanceaba sobre la rígida silla, mis manos transpiraban y mi mente no podía dejar de recordarme lo transcendental del momento. En el aula muchos otros esperaban su turno, un interprete tocaba una melodía de Bach, compleja en forma y de matemática ejecución, en el jurado tres catedráticos escuchaban atentamente y anotaban en sus cuadernos cada pequeña imprecisión, la cara del músico esgrimía una mueca de angustia, y yo esperaba mi turno como el condenado espera el momento de su dramático final.

Me lo había repetido a mi mismo una y otra vez: “sal y disfruta, sal y diviértete, siente la música y no te preocupes de nada más”. Subí al escenario y no fui capaz. Sonaron notas si, posiblemente hasta música, en realidad desconozco si los primeros acordes fueron bien recibidos por el jurado o no, pero mi tensión interna me obligó a parar, pedir perdón y abandonar la sala.

Sal y disfruta, es lo único que tienes que hacer. Sigue siendo mi gran asignatura pendiente.

Anarquía relacional

Una relación con cualquier persona puede ser intensa, sean cuales sean los compromisos adquiridos con esa persona y sea cual sea la duración de dicha relación. No obstante solemos hacer una jerarquía relacional, de mayor a menor importancia, parecida a: hijos, familia bien avenida, pareja, buenos amigos, amigos, familia mal avenida, colegas y desconocidos.

¿Por qué ordenarlas en una escala de importancia, si a veces un encuentro fortuito con un desconocido puede generar cambios de relevancia en nuestras vidas equiparables a los que puede provocar cualquier persona con otro “rango relacional”? ¿No limita esta categorización las posibilidades de un vínculo particular?

Es por eso que soy partidario de la anarquía relacional, creo que para vivir intensamente las relaciones no nos es favorable pensar en que esas relaciones tienen límites por definición.

El conflicto cultural surge cuando tienes más relación con un amigo que con un familiar directo y pasas más tiempo con él que con, por ejemplo, tu madre a la que apenas visitas. O cuando planteas la posibilidad de tener varias relaciones “sexo-afectivas”, se te reprochará que no valoras suficiente a tu pareja, o que no la amas suficiente, pero… ¿a caso nadie se ha dado cuenta de que tenemos muchas dificultades asociadas a la obligación cultural de vivir años y años con la misma pareja sexual?

Por qué no evolucionar hacia relaciones más libres y abiertas, en el sentido de “con posibilidades no predefinidas” y disfrutar de cada una de ellas, transmitiendo con sinceridad a la otra persona a qué (y a qué no) nos comprometemos en cada momento evolutivo de la relación.

Seguramente la dificultad esté en lograr ser felices sin la necesidad egoísta del “yo soy el más importante para ti, ¿verdad? dímelo que necesito oírlo”.

631px-RadicalRelationsHeart.svg

No me gusta ser yo

La idea ha aparecido sin más, durante la meditación: no me gusta estar conmigo. Me cuesta disfrutar de mi mismo sin más. ¿Será que no me gusta ser yo?

En realidad disfruto de la soledad, siempre y cuando tenga algo por hacer: asistir a un espectáculo, ver una película, escribir, leer, incluso solamente pensar sobre algo. Pero estar sin hacer nada, disfrutar de mi única compañía en silencio, me cuesta. ¿A ti no te ocurre? ¿Será que nuestra mera compañía no es lo suficientemente interesante como para disfrutar de ella?

Siempre deseando un yo mejor para el futuro, gestando nuevos proyectos más ambiciosos que los anteriores, más sabiduría y más bienestar, todo para el mañana.

No creo que sea un error marcarse metas para el futuro, querer desarrollar nuevos hábitos y aptitudes da algo con lo que trabajar, pero creo que es muy necesario comprender lo que somos ahora, aceptarlo y disfrutarlo.

Por desconocimiento

Ayer en el grupo de budismo secular de Barcelona hablamos por Skype con Martine Batchelor y explicó una anécdota que me inspiró:

Resulta que vive con su anciana madre a la que cuida, nos explicó que su madre tiene problemas de memoria, así que aunque Martine le ha explicado cientos de veces algo tan sencillo como es manejar el volumen del televisor ella repetidamente vuelve a preguntarle sobre cómo controlar el volumen.

Esta situación suele generar una sensación inicial de enfado en Martine, ya que después de explicarlo cientos de veces es molesto tener que repetirlo una y otra vez, pero finalmente Martine reflexiona “¿Tiene sentido enfadarse por este motivo con una persona que tiene problemas de memoria?”.

¡Claro que no! Con demasiada frecuencia nos molestan cosas solo porqué no prestamos atención a las condiciones que las provocan. Lo que ocurre habitualmente es que desconocemos las condiciones que provocan una situación. Por ejemplo si alguien nos insulta nos sentimos molestos y atacados, pero pocas veces pensamos en las condiciones que la han llevado a insultarnos: a lo mejor no ha dormido bien, quizás no ha aprendido a gestionar bien sus emociones, puede que tuviese una infancia complicada, puede que ese insulto para esa persona no sea tan grave como para nosotros, quizás tiene un ambiente familiar en el que el insulto es la manera habitual de comunicarse,… Pero en lugar de pensar en todas estas posibilidades nos enfadamos y respondemos con más insultos.

Por lo tanto, y ampliando la frase de Martine, yo me pregunto: “¿Tiene sentido enfadarse por algo cuando normalmente desconocemos las condiciones que lo producen?” Puede que un leve enfado sea sano, incluso necesario, pero no merece la pena insistir en él.